
LOS DOS CUERPOS DEL DICTADOR
Siento una gran fascinación por el poder, y no es una fascinación secreta. Al contrario, creo que es evidente en muchos de mis personajes, hasta en Úrsula Iguarán, que es tal vez donde menos la han notado los críticos. Y es por supuesto la razón de ser de El Otoño el Patriarca. El poder es sin duda la expresión más alta de la ambición y la voluntad humana, y no me explico cómo hay escritores que no se dejan inquietar por algo que afecta y a veces determina la realidad en que viven.
Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba
RESUMEN
Este ensayo parte de los estudios de Ernest Kantorowicz expuestos en el libro Los Dos cuerpos del Rey, un estudio de teología política medieval, sobre la ficción legal que explica la existencia de dos cuerpos en el Rey --un cuerpo natural y otro político, el primero mortal y el segundo conformado por la política y el gobierno-- para hacer un paralelo con el cuerpo del dictador tomando como ejemplo al protagonista de la novela El otoño del patriarca.
El poder es el poder, ya sea ejercido legalmente o detentado. Si no hay mecanismos que lo regulen su consecuencia irremediable es la tiranía. Mucho se habla de la tiranía, pero más que de la tiranía, del perfil del dictador. Se lo describe en general como un personaje oscuro de sórdido pasado, un sujeto otrora sometido que no desperdicia la oportunidad, ahora que ha llegado su turno de cobrarse una tras otra todas las malas horas que tuvo que vivir. Un ambicioso irrefrenable que nunca se harta del mando, no admite que ha conseguido la suficiente grandeza y, sobre todo, jamás abandona el poder voluntariamente.
Los dictadores no tienen color ni nacionalidad. Se dan en todas las latitudes cada uno con características propias de su lugar de origen. Sus desmanes y sus excentricidades han alimentado muchas páginas de la historia y, sobretodo, de la literatura aprovechando la licencia que tiene esta disciplina para entrar de lleno en el terreno de lo inverosímil. Existe incluso un subgénero que se ha denominado literatura de dictadores en el que caben escritos que van desde los textos de Plutarco, pasando por Shakespeare o Valle-Inclán hasta llegar en los últimos tiempos a la producción de grandes escritores latinoamericanos como Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez.
El Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez es una de las novelas en donde quizá se ve con más claridad el prototipo del dictador[1]. En ella, el escritor colombiano construye un personaje a partir de anécdotas, de momentos históricos y de rasgos físicos característicos de varios dictadores que asolaron a América Latina en distintas épocas, en un dechado perfecto cuyos puntos de costura son prácticamente imperceptibles para el lector.
El personaje central de El Otoño… vive en algún lugar del Caribe, no tiene nombre (¿Rafael Leonidas Trujillo? ¿Juan Vicente Gómez? ¿Anastasio Somoza?), ni edad, ni tiempo pero, por sobretodo, no tiene límites. La falta de límites de éste y de todos los dictadores no puede verse únicamente en los desmanes que cometen, que en la mayor parte de los casos no trascienden la anécdota macabra, sino principalmente en su actitud frente al poder, en su forma manejar el Estado y en la sensación de inmortalidad que los acompaña y que termina por convertírseles prácticamente en una certeza.
Coincidencias y divergencias
Un primer punto para tener en cuenta en la construcción de un paralelo entre los dos cuerpos del Rey y los dos cuerpos del dictador apunta a determinar las diferencias y las similitudes que existen entre estas dos figuras desde el punto de vista político.
El Rey representa pues la cabeza de un cuerpo político constituido para dirigir al pueblo y para tener a su cargo la administración del bien común. Se lo ve como a un guardián de la corona elegido por el mecanismo de sucesión.
El dictador entretanto, también representa la cabeza de un cuerpo político, pero su ejercicio está fundado en un poder que hace evidente mediante el uso irregular de los instrumentos coercitivos del Estado[2]. El origen de ese poder es incierto y no tiene ningún tipo de control externo, por ello es ilimitado.
“… Todo el mundo dice que usted no es presidente de nadie ni está en el trono por sus cañones sino que lo sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado…”
El Estado dictatorial es un Estado inconstitucional en el cual el dictador viola la constitución, escribe una constitución que le permite todo o simplemente obra por la fuerza de sus impulsos, intereses o deseos sin ningún asidero constitucional, como es el caso del dictador de El Otoño…
“…él solo era el gobierno, y nadie entorpecía ni de palabra ni de obra los recursos de su voluntad, porque estaba tan solo en su gloria que ya no le quedaban ni enemigos…”
“…Era difícil admitir que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiánico que en los orígenes de su régimen aparecía en los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que un guajiro descalzo con un machete de zafra y un reducido séquito de diputados que el mismo designaba con el dedo según los impulsos de su digestión…”
Cuerpo mortal, cuerpo inmortal
En los informes de Edmund Plowten recopilados y escritos en el reino de Isabel I y retomados por Ernest Kantorowicz en su libro, se plantea para el Rey la existencia de un cuerpo natural considerado mortal y expuesto a las flaquezas propias de la condición humana y de otro político, formado por la política y el gobierno por lo cual, ninguna de las limitaciones que pueda tener el primero logra poner escollos al segundo.
Con respecto al dictador del El Otoño del Patriarca también se puede ver la existencia de un cuerpo natural y otro político. Sin embargo, el cuerpo natural de este personaje en particular no se percibe como un cuerpo natural en todo el sentido de la palabra. En primer lugar, porque es un cuerpo incierto, ya que su descripción tanto externa como psicológica están dadas a partir de reconstrucciones hechas con testimonios incompletos que fluctúan entre la realidad y el mito. Esto porque se lo conoce de versiones que pasan de generación en generación y de recuerdos inciertos que apenas logran dar cuenta de sus manos de doncella, de sus pies aplanados, de su testículo descomunal o del silbido de su potra.
“…porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en los dos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y en los escapularios, y aunque su litografía enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas, en todas partes, sabíamos que eran copias de retratos que ya se consideraban infieles de los tiempos del cometa”.
“…en nuestra época no había nadie que opusiera en duda la legitimidad de sus historia, ni nadie que hubiera podido demostrarla ni nadie que hubiera podido desmentirla, si ni siquiera éramos capaces de establecer la identidad de su cuerpo, no había otra patria que la hecha por él a su imagen y semejanza con el espacio cambiado y el tiempo corregido por su voluntad…”
En segundo lugar, decimos que el cuerpo físico del dictador no es cuerpo natural corriente porque al personaje se le asigna “una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”. Por supuesto esta enunciación no puede tomarse como un simple artificio del autor para crear un personaje de ficción sino como un recurso para imprimir a lo largo de toda la novela la sensación de perennidad del dictador en el poder.
“…El no había sobrevivido a todo por su valor inconcebible ni por su infinita prudencia sino porque era el único de nosotros que conocía el tamaño real de nuestro destino…”
Pero su longevidad no lo exime de la vulnerabilidad frente al paso del tiempo, propia de la condición humana, ya que el dictador se desmorona en una decrepitud en cuya descripción se solaza el autor. Y aquí si encontramos una nueva coincidencia con los dos cuerpos del Rey: las limitaciones del cuerpo mortal del dictador, al igual que las del Rey, no logran poner escollos al cuerpo político:
“…Cuanto más ciertos parecían los rumores de su muerte, más vivo y autoritario se le veía a aparecer en la ocasión menos pensada para imponerle otros rumbos imprevisibles a nuestro destino…”
En los textos que Kantorowicz retoma de la obra de Edmund Plowten los dos cuerpos del Rey se ven como una unidad indivisible conteniéndose cada uno en el otro sin olvidar la superioridad del cuerpo político sobre el cuerpo natural. Esto, porque el cuerpo político es más amplio y extenso que el cuerpo natural y porque en él habitan fuerzas extrañas que operan sobre el cuerpo natural eliminando sus imperfecciones propias de la frágil condición humana.
En el cuerpo político del dictador de El Otoño… también habitan fuerzas extrañas pero de tal magnitud que hacen del cuerpo natural un modelo de perfección que nadie se atreve a cuestionar a pesar de su evidente inverosimilitud:
“…cuando el poder no era todavía el légamo sin orillas de la plenitud del otoño sino un torrente de fiebre que veíamos brotar ante nuestros ojos de sus manantiales primarios, de modo que bastaba con que él señalara con el dedo a los árboles que debían dar frutos y a los animales que debían crecer, y a los hombres que debían prosperar, y había ordenado que quitaran la lluvia de donde estorbara a las cosechas y la pusieran en tierra de sequía, y así había sido, señor, yo lo he visto, pues su leyenda había empezado mucho antes de que él mismo se creyera dueño de su poder..”
Perpetuo e inmortal
En los escritos de Plowten retomados por Kantorowicz en los primeros capítulos del libro Los Dos cuerpos del Rey se contempla la condición de inmortalidad de la realeza de una encarnación partiendo del concepto de demise --término inglés que significa legado póstumo-- que confiere a la condición de inmortal al individuo real en su función de Rey, o sea en relación con su supercuerpo.
Posteriormente, Kantorowicz explica que la perpetuidad de la cabeza del reino y el concepto de Rey que nunca muere, dependen de la perpetuidad de la dinastía, del carácter corporativo de la corona y de la inmortalidad de la Dignidad real. Lo anterior, porque en algún momento se manifiesta la necesidad de diferenciar entre corona, Rey y reino y aclarar que la Corona, en razón de su perpetuidad era superior tanto al rex físico como al regnum geográfico, y estaba simultáneamente a la par con la continuidad de la dinastía y la sempiternidad del cuerpo político. También expone el concepto de Divinidad --que difiere del de Corona-- y hace referencia a la singularidad del cargo real y a la soberanía investida en el Rey por el pueblo.
Tomemos entonces estas ideas para aplicarlas al dictador de El Otoño del Patriarca. En primer término, no hay aquí una noción de sucesión porque a pesar de los cinco mil hijos que este dictador ha dejado sobre la tierra, no existe ninguna intencionalidad de su parte de preparar un sucesor. ¿Por qué no existe esa noción? Porque quien se considera eterno no contempla que exista quien lo suceda. A pesar de la advertencia de una anciana pitonisa que pronostica su muerte durante el sueño, “con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, en el talón izquierdo, tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada”, su inmortalidad se va convirtiendo en una certeza que crece al ritmo de su decrepitud. Lo que significa que la idea de perpetuidad no sólo se aplica al cuerpo político sino también al físico.
“…Yo solo me basto y me sobro hasta que vuelva a pasar el cometa, y no una vez sino diez, porque lo que soy yo no me pienso morir más, que carajo, que se mueran los otros…”
“Y yo le contesté, imagínese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida, pero el replicó que al contrario, que el mundo era eterno…”
Por otra parte, no existe un concepto de corona, distinto al de Rey o al de reino. Aquí solamente existe un dictador que concentra todo en su persona, en este caso Estado, territorio y poder. Por supuesto tampoco hay una soberanía investida por el pueblo. La permanencia del dictador en el poder se asume como algo natural, como el paso del día a la noche. Una paradoja surge en esta particular concepción: por una parte, el poder del dictador es ubicuo --de hecho el mismo dictador es ubicuo-- está presente en todos los rincones aún en los más insólitos lo que lo hace parecer absolutamente tangible:
“…siempre parecía que se desdoblaba, que lo vieron jugando dominó a las siete de la noche y al mismo tiempo lo habían visto prendiendo a las bostas de vaca para ahuyentar los mosquitos…”
“eran las once como todas las noches de su régimen contó los centinelas, revisó las cerraduras, tapó las jaulas de los pájaros, apagó las luces, eran las doce, la patria estaba en paz, el mundo dormía…”
“…que nadie se mueva, que nadie respire, nadie viva sin mi permiso…”
De otra parte, el poder se desliza como una fantasma inasible que además nadie ve pero todos presienten y sobretodo, temen:
“ningún mortal lo había visto desde los tiempos del vómito negro, y sin embargo sabíamos que él estaba allí, los sabíamos porque el mundo seguía, la vida seguía, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses bobos de los sábados bajo las palmeras polvorientas…”
Persona mixta
Utilizando una fuente que identifica como el Anónimo Normando, un autor de cual el arzobispo Matthew Parker recuperó en 1575 valiosos manuscritos, Ernest Kantorowicz expone la concepción de persona mixta. En estos manuscritos el anónimo normando habla de la persona mixta representada por el obispo y el rey, en la cual se da una mezcla de poderes y capacidades unidos en una misma persona a la que se le atribuye una cierta facultad espiritual resultado de su consagración y unción.
En el caso del dictador de El Otoño… la “unción” se produce en un momento incierto, dado que el escritor filtra a lo largo de toda la novela la sensación de eternidad en el poder que no permite pesar en un inicio o en un fin. Sin embargo si hay un elemento común con la idea de persona mixta. A pesar de los intentos por borrar el pasado remoto, se sabe que el dictador es hijo de una mujer que vende su cuerpo por hambre y que alguna vez fue un hombre corriente, ignorante y vulgar que luego, en la borrachera del poder se transforma en una especie de Dios-hombre:
“…Los textos oficiales de los parvularios lo referían como un patriarca de tamaño descomunal que nunca salía de su casa porque no cabía por las puertas, que amaba a los niños y a las golondrinas, que conocía el lenguaje de algunos animales, que tenía la virtud de anticiparse a los designios de la naturaleza, que adivinaba el pensamiento con solo mirar a los ojos y conocía el secreto de una sal de virtud para sanar las lacras de los leprosos y hacer caminar a los paralíticos…”
Conclusiones
Con respecto al dictador del El Otoño del Patriarca, al igual que en la ficción de los Dos cuerpos del Rey se puede ver la existencia de un cuerpo natural y otro político. Sin embargo, el cuerpo físico de este dictador no se describe como un cuerpo natural corriente, ya que su descripción se debate entre la realidad y el mito. Además al personaje se le asigna “una edad indefinida entre los 107 y los 232 años” que contribuye a alimentar la incertidumbre de su cuerpo carnal.
Contrario a los dos cuerpos del Rey, no hay en el dictador de El Otoño… una idea de sucesión porque al considerarse eterno no necesita que lo sucedan. Esto significa por tanto, que la idea de perpetuidad no sólo se aplica al cuerpo político sino al físico. El dictador tampoco depende de una corona porque concentra todo en su persona, Estado, territorio y poder, ni tampoco cuenta con una soberanía otorgada por el pueblo.
BIBLIOGRAFÍA
KANTOROWICZ, Ernest. Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teología política medieval. Alianza Universidad, Madrid, 1985.
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. El Otoño del Patriarca. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 2003.
SARTORI, Giovanni. Ediciones Altamir, Bogotá, Colombia, 2000.
[1] De acuerdo con Giovanni Sartori el concepto de dictador tiene como antecedente el dictador romano quien ejercía una magistratura que surgía por emergencias de la guerra y estaba vinculada estrechamente a seis meses de duración. En el caso que nos atañe, el concepto no se aplica con este criterio sino según la versión contemporánea.
Siento una gran fascinación por el poder, y no es una fascinación secreta. Al contrario, creo que es evidente en muchos de mis personajes, hasta en Úrsula Iguarán, que es tal vez donde menos la han notado los críticos. Y es por supuesto la razón de ser de El Otoño el Patriarca. El poder es sin duda la expresión más alta de la ambición y la voluntad humana, y no me explico cómo hay escritores que no se dejan inquietar por algo que afecta y a veces determina la realidad en que viven.
Gabriel García Márquez, El olor de la guayaba
RESUMEN
Este ensayo parte de los estudios de Ernest Kantorowicz expuestos en el libro Los Dos cuerpos del Rey, un estudio de teología política medieval, sobre la ficción legal que explica la existencia de dos cuerpos en el Rey --un cuerpo natural y otro político, el primero mortal y el segundo conformado por la política y el gobierno-- para hacer un paralelo con el cuerpo del dictador tomando como ejemplo al protagonista de la novela El otoño del patriarca.
El poder es el poder, ya sea ejercido legalmente o detentado. Si no hay mecanismos que lo regulen su consecuencia irremediable es la tiranía. Mucho se habla de la tiranía, pero más que de la tiranía, del perfil del dictador. Se lo describe en general como un personaje oscuro de sórdido pasado, un sujeto otrora sometido que no desperdicia la oportunidad, ahora que ha llegado su turno de cobrarse una tras otra todas las malas horas que tuvo que vivir. Un ambicioso irrefrenable que nunca se harta del mando, no admite que ha conseguido la suficiente grandeza y, sobre todo, jamás abandona el poder voluntariamente.
Los dictadores no tienen color ni nacionalidad. Se dan en todas las latitudes cada uno con características propias de su lugar de origen. Sus desmanes y sus excentricidades han alimentado muchas páginas de la historia y, sobretodo, de la literatura aprovechando la licencia que tiene esta disciplina para entrar de lleno en el terreno de lo inverosímil. Existe incluso un subgénero que se ha denominado literatura de dictadores en el que caben escritos que van desde los textos de Plutarco, pasando por Shakespeare o Valle-Inclán hasta llegar en los últimos tiempos a la producción de grandes escritores latinoamericanos como Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez.
El Otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez es una de las novelas en donde quizá se ve con más claridad el prototipo del dictador[1]. En ella, el escritor colombiano construye un personaje a partir de anécdotas, de momentos históricos y de rasgos físicos característicos de varios dictadores que asolaron a América Latina en distintas épocas, en un dechado perfecto cuyos puntos de costura son prácticamente imperceptibles para el lector.
El personaje central de El Otoño… vive en algún lugar del Caribe, no tiene nombre (¿Rafael Leonidas Trujillo? ¿Juan Vicente Gómez? ¿Anastasio Somoza?), ni edad, ni tiempo pero, por sobretodo, no tiene límites. La falta de límites de éste y de todos los dictadores no puede verse únicamente en los desmanes que cometen, que en la mayor parte de los casos no trascienden la anécdota macabra, sino principalmente en su actitud frente al poder, en su forma manejar el Estado y en la sensación de inmortalidad que los acompaña y que termina por convertírseles prácticamente en una certeza.
Coincidencias y divergencias
Un primer punto para tener en cuenta en la construcción de un paralelo entre los dos cuerpos del Rey y los dos cuerpos del dictador apunta a determinar las diferencias y las similitudes que existen entre estas dos figuras desde el punto de vista político.
El Rey representa pues la cabeza de un cuerpo político constituido para dirigir al pueblo y para tener a su cargo la administración del bien común. Se lo ve como a un guardián de la corona elegido por el mecanismo de sucesión.
El dictador entretanto, también representa la cabeza de un cuerpo político, pero su ejercicio está fundado en un poder que hace evidente mediante el uso irregular de los instrumentos coercitivos del Estado[2]. El origen de ese poder es incierto y no tiene ningún tipo de control externo, por ello es ilimitado.
“… Todo el mundo dice que usted no es presidente de nadie ni está en el trono por sus cañones sino que lo sentaron los ingleses y lo sostuvieron los gringos con el par de cojones de su acorazado…”
El Estado dictatorial es un Estado inconstitucional en el cual el dictador viola la constitución, escribe una constitución que le permite todo o simplemente obra por la fuerza de sus impulsos, intereses o deseos sin ningún asidero constitucional, como es el caso del dictador de El Otoño…
“…él solo era el gobierno, y nadie entorpecía ni de palabra ni de obra los recursos de su voluntad, porque estaba tan solo en su gloria que ya no le quedaban ni enemigos…”
“…Era difícil admitir que aquel anciano irreparable fuera el mismo hombre mesiánico que en los orígenes de su régimen aparecía en los pueblos a la hora menos pensada sin más escolta que un guajiro descalzo con un machete de zafra y un reducido séquito de diputados que el mismo designaba con el dedo según los impulsos de su digestión…”
Cuerpo mortal, cuerpo inmortal
En los informes de Edmund Plowten recopilados y escritos en el reino de Isabel I y retomados por Ernest Kantorowicz en su libro, se plantea para el Rey la existencia de un cuerpo natural considerado mortal y expuesto a las flaquezas propias de la condición humana y de otro político, formado por la política y el gobierno por lo cual, ninguna de las limitaciones que pueda tener el primero logra poner escollos al segundo.
Con respecto al dictador del El Otoño del Patriarca también se puede ver la existencia de un cuerpo natural y otro político. Sin embargo, el cuerpo natural de este personaje en particular no se percibe como un cuerpo natural en todo el sentido de la palabra. En primer lugar, porque es un cuerpo incierto, ya que su descripción tanto externa como psicológica están dadas a partir de reconstrucciones hechas con testimonios incompletos que fluctúan entre la realidad y el mito. Esto porque se lo conoce de versiones que pasan de generación en generación y de recuerdos inciertos que apenas logran dar cuenta de sus manos de doncella, de sus pies aplanados, de su testículo descomunal o del silbido de su potra.
“…porque ninguno de nosotros lo había visto nunca, y aunque su perfil estaba en los dos lados de las monedas, en las estampillas de correo, en las etiquetas de los depurativos, en los bragueros y en los escapularios, y aunque su litografía enmarcada con la bandera en el pecho y el dragón de la patria estaba expuesta a todas horas, en todas partes, sabíamos que eran copias de retratos que ya se consideraban infieles de los tiempos del cometa”.
“…en nuestra época no había nadie que opusiera en duda la legitimidad de sus historia, ni nadie que hubiera podido demostrarla ni nadie que hubiera podido desmentirla, si ni siquiera éramos capaces de establecer la identidad de su cuerpo, no había otra patria que la hecha por él a su imagen y semejanza con el espacio cambiado y el tiempo corregido por su voluntad…”
En segundo lugar, decimos que el cuerpo físico del dictador no es cuerpo natural corriente porque al personaje se le asigna “una edad indefinida entre los 107 y los 232 años”. Por supuesto esta enunciación no puede tomarse como un simple artificio del autor para crear un personaje de ficción sino como un recurso para imprimir a lo largo de toda la novela la sensación de perennidad del dictador en el poder.
“…El no había sobrevivido a todo por su valor inconcebible ni por su infinita prudencia sino porque era el único de nosotros que conocía el tamaño real de nuestro destino…”
Pero su longevidad no lo exime de la vulnerabilidad frente al paso del tiempo, propia de la condición humana, ya que el dictador se desmorona en una decrepitud en cuya descripción se solaza el autor. Y aquí si encontramos una nueva coincidencia con los dos cuerpos del Rey: las limitaciones del cuerpo mortal del dictador, al igual que las del Rey, no logran poner escollos al cuerpo político:
“…Cuanto más ciertos parecían los rumores de su muerte, más vivo y autoritario se le veía a aparecer en la ocasión menos pensada para imponerle otros rumbos imprevisibles a nuestro destino…”
En los textos que Kantorowicz retoma de la obra de Edmund Plowten los dos cuerpos del Rey se ven como una unidad indivisible conteniéndose cada uno en el otro sin olvidar la superioridad del cuerpo político sobre el cuerpo natural. Esto, porque el cuerpo político es más amplio y extenso que el cuerpo natural y porque en él habitan fuerzas extrañas que operan sobre el cuerpo natural eliminando sus imperfecciones propias de la frágil condición humana.
En el cuerpo político del dictador de El Otoño… también habitan fuerzas extrañas pero de tal magnitud que hacen del cuerpo natural un modelo de perfección que nadie se atreve a cuestionar a pesar de su evidente inverosimilitud:
“…cuando el poder no era todavía el légamo sin orillas de la plenitud del otoño sino un torrente de fiebre que veíamos brotar ante nuestros ojos de sus manantiales primarios, de modo que bastaba con que él señalara con el dedo a los árboles que debían dar frutos y a los animales que debían crecer, y a los hombres que debían prosperar, y había ordenado que quitaran la lluvia de donde estorbara a las cosechas y la pusieran en tierra de sequía, y así había sido, señor, yo lo he visto, pues su leyenda había empezado mucho antes de que él mismo se creyera dueño de su poder..”
Perpetuo e inmortal
En los escritos de Plowten retomados por Kantorowicz en los primeros capítulos del libro Los Dos cuerpos del Rey se contempla la condición de inmortalidad de la realeza de una encarnación partiendo del concepto de demise --término inglés que significa legado póstumo-- que confiere a la condición de inmortal al individuo real en su función de Rey, o sea en relación con su supercuerpo.
Posteriormente, Kantorowicz explica que la perpetuidad de la cabeza del reino y el concepto de Rey que nunca muere, dependen de la perpetuidad de la dinastía, del carácter corporativo de la corona y de la inmortalidad de la Dignidad real. Lo anterior, porque en algún momento se manifiesta la necesidad de diferenciar entre corona, Rey y reino y aclarar que la Corona, en razón de su perpetuidad era superior tanto al rex físico como al regnum geográfico, y estaba simultáneamente a la par con la continuidad de la dinastía y la sempiternidad del cuerpo político. También expone el concepto de Divinidad --que difiere del de Corona-- y hace referencia a la singularidad del cargo real y a la soberanía investida en el Rey por el pueblo.
Tomemos entonces estas ideas para aplicarlas al dictador de El Otoño del Patriarca. En primer término, no hay aquí una noción de sucesión porque a pesar de los cinco mil hijos que este dictador ha dejado sobre la tierra, no existe ninguna intencionalidad de su parte de preparar un sucesor. ¿Por qué no existe esa noción? Porque quien se considera eterno no contempla que exista quien lo suceda. A pesar de la advertencia de una anciana pitonisa que pronostica su muerte durante el sueño, “con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro, en el talón izquierdo, tirado en el suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada”, su inmortalidad se va convirtiendo en una certeza que crece al ritmo de su decrepitud. Lo que significa que la idea de perpetuidad no sólo se aplica al cuerpo político sino también al físico.
“…Yo solo me basto y me sobro hasta que vuelva a pasar el cometa, y no una vez sino diez, porque lo que soy yo no me pienso morir más, que carajo, que se mueran los otros…”
“Y yo le contesté, imagínese, las cosas y la gente no estamos hechas para durar toda la vida, pero el replicó que al contrario, que el mundo era eterno…”
Por otra parte, no existe un concepto de corona, distinto al de Rey o al de reino. Aquí solamente existe un dictador que concentra todo en su persona, en este caso Estado, territorio y poder. Por supuesto tampoco hay una soberanía investida por el pueblo. La permanencia del dictador en el poder se asume como algo natural, como el paso del día a la noche. Una paradoja surge en esta particular concepción: por una parte, el poder del dictador es ubicuo --de hecho el mismo dictador es ubicuo-- está presente en todos los rincones aún en los más insólitos lo que lo hace parecer absolutamente tangible:
“…siempre parecía que se desdoblaba, que lo vieron jugando dominó a las siete de la noche y al mismo tiempo lo habían visto prendiendo a las bostas de vaca para ahuyentar los mosquitos…”
“eran las once como todas las noches de su régimen contó los centinelas, revisó las cerraduras, tapó las jaulas de los pájaros, apagó las luces, eran las doce, la patria estaba en paz, el mundo dormía…”
“…que nadie se mueva, que nadie respire, nadie viva sin mi permiso…”
De otra parte, el poder se desliza como una fantasma inasible que además nadie ve pero todos presienten y sobretodo, temen:
“ningún mortal lo había visto desde los tiempos del vómito negro, y sin embargo sabíamos que él estaba allí, los sabíamos porque el mundo seguía, la vida seguía, el correo llegaba, la banda municipal tocaba la retreta de valses bobos de los sábados bajo las palmeras polvorientas…”
Persona mixta
Utilizando una fuente que identifica como el Anónimo Normando, un autor de cual el arzobispo Matthew Parker recuperó en 1575 valiosos manuscritos, Ernest Kantorowicz expone la concepción de persona mixta. En estos manuscritos el anónimo normando habla de la persona mixta representada por el obispo y el rey, en la cual se da una mezcla de poderes y capacidades unidos en una misma persona a la que se le atribuye una cierta facultad espiritual resultado de su consagración y unción.
En el caso del dictador de El Otoño… la “unción” se produce en un momento incierto, dado que el escritor filtra a lo largo de toda la novela la sensación de eternidad en el poder que no permite pesar en un inicio o en un fin. Sin embargo si hay un elemento común con la idea de persona mixta. A pesar de los intentos por borrar el pasado remoto, se sabe que el dictador es hijo de una mujer que vende su cuerpo por hambre y que alguna vez fue un hombre corriente, ignorante y vulgar que luego, en la borrachera del poder se transforma en una especie de Dios-hombre:
“…Los textos oficiales de los parvularios lo referían como un patriarca de tamaño descomunal que nunca salía de su casa porque no cabía por las puertas, que amaba a los niños y a las golondrinas, que conocía el lenguaje de algunos animales, que tenía la virtud de anticiparse a los designios de la naturaleza, que adivinaba el pensamiento con solo mirar a los ojos y conocía el secreto de una sal de virtud para sanar las lacras de los leprosos y hacer caminar a los paralíticos…”
Conclusiones
Con respecto al dictador del El Otoño del Patriarca, al igual que en la ficción de los Dos cuerpos del Rey se puede ver la existencia de un cuerpo natural y otro político. Sin embargo, el cuerpo físico de este dictador no se describe como un cuerpo natural corriente, ya que su descripción se debate entre la realidad y el mito. Además al personaje se le asigna “una edad indefinida entre los 107 y los 232 años” que contribuye a alimentar la incertidumbre de su cuerpo carnal.
Contrario a los dos cuerpos del Rey, no hay en el dictador de El Otoño… una idea de sucesión porque al considerarse eterno no necesita que lo sucedan. Esto significa por tanto, que la idea de perpetuidad no sólo se aplica al cuerpo político sino al físico. El dictador tampoco depende de una corona porque concentra todo en su persona, Estado, territorio y poder, ni tampoco cuenta con una soberanía otorgada por el pueblo.
BIBLIOGRAFÍA
KANTOROWICZ, Ernest. Los dos cuerpos del rey. Un estudio de teología política medieval. Alianza Universidad, Madrid, 1985.
GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. El Otoño del Patriarca. Editorial Suramericana. Buenos Aires, 2003.
SARTORI, Giovanni. Ediciones Altamir, Bogotá, Colombia, 2000.
[1] De acuerdo con Giovanni Sartori el concepto de dictador tiene como antecedente el dictador romano quien ejercía una magistratura que surgía por emergencias de la guerra y estaba vinculada estrechamente a seis meses de duración. En el caso que nos atañe, el concepto no se aplica con este criterio sino según la versión contemporánea.
[2] Giovanni Sartori tomando como fuente el libro de Franz Neumann The democratic and authoritarian State explica de esta manera los tipos de dictadura: dictadura simple, dictadura autoritaria y dictadura totalitaria. En la primera, el poder es ejercitado mediante los instrumentos coercitivos sociales del Estado empleados fuera de la norma. En la segunda, el poder se funda sobre un partido único, sobre un sostén de la masa y sobre una legitimación de la masa. En la dictadura totalitaria, todos los elementos mencionados se intensifican y el régimen sofoca la autonomía de los susbsistemas que por regla el autoritarismo deja vivir.

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