
A PROPÓSITO DE SI LAS PAREDES HABLARAN
Por Victoria E. González M.
Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de la niñez vivida en la década de los 60 es la imagen que día tras día se veía desde los pequeños ventanales del apartamento en el que habitaba con mi familia. Una tienda, un poste de la luz, un edificio antiguo de cinco pisos con portón negro, una calle gris y docenas de transeúntes vestidos de oficinista. Crecí con la idea de que esa era una imagen compartida por la mayoría de niños de mi generación, pero al llegar a la adolescencia entendí de sopetón que mis amigos abrigaban otros recuerdos. Al relatar su etapa infantil hablaban de animales mitológicos llamados vacas y chivos que rodeaban sus casas, y no de gozques famélicos que lamían botellas de leche vacías, de árboles frutales y no de postes, de establos y no de tiendas. Cuando comencé a oír esos relatos entendí por fin que yo era un bicho netamente urbano que amaba el parque de La Independencia en donde aprendí a dar mis primeros pasos, que añoraba los paseos al Ley de la calle 24 a comer helado de máquina y que, de no ser por el álbum de chocolatinas Jet, jamás habría conocido las ovejas.
Las primeras novelas que leí en el colegio, allá por los 70, me hablaban de ríos, de capataces, de caballos, de manigua y de llanos, relatos que por supuesto, le parecían a mi mente asfaltada, ciencia ficción de la más pura. Entre ese boom de lo costumbrista colombiano que por esa época se vivía en el colegio y ese boom del realismo mágico que hervía entre los escritores nacionales, lo urbano seguía en segundo plano, a pesar de los buenos oficios de Andrés Caicedo, Luis Fayad, Nicolás Suescún, Fanny Buitrago, Laura Restrepo, Antonio Caballero y Roberto Burgos Cantor entre otros, quienes desde sus relatos seguían empeñados en demostrar que no todo era verdor, magia y guaduales.
Definitivamente lo urbano comenzó a pisar fuerte con ese viaje de opio rumbo a las nubes al que nos condujo Rafael Chaparro Madiedo allá por los ochenta. Él fue quien abrió la puerta por la cual algunos entraron con todos los honores mientras otros, en un acto de abuso sin límites, se colaron. Hablamos de Giraldo Magil, de Moreno Durán, de Collazos, de Vallejo, de Franco, de Potdevin, de Sánchez Baute, de Ramos, de Mendoza, de Gamboa… ya juzgarán ustedes quien se coló y quien entró con todo su derecho.
Con este despliegue de obras de todo tipo, los amantes de lo urbano nos lanzamos ávidos a devorar calles, edificios y avenidas, miserias, inmigrantes, tugurios y soledades. Algunos a devorar hasta el hartazgo, un hartazgo que condujo a muchos de nuevo a renegar de lo urbano y buscar la magia del realismo o el realismo de lo mágico.
En ese punto y hora encontramos a Si las paredes hablaran de Javier Correa, Premio Novela breve 2006, 25 años del Taller de Escritores, otorgado por la Universidad Central de Bogotá. Javier, cuya escritura fue descrita por Edgardo Lois, en el periódico digital Desde Boedo, (publicado desde Argentina) como “una escritura precisa, calma; la escritura de un escritor que sabe de contar historias, un escritor con pulso y dominio de la herramienta”.
En Si las paredes hablaran, Javier nos sorprende gratamente con su incursión en la literatura urbana, luego de su anterior novela La mujer de los condenados, que transcurre en un ambiente rural en el que afloran las heridas mal curadas de la Violencia con mayúscula de los 50. Y digo que nos sorprende gratamente, no solo por el giro geográfico, sino porque Si las paredes hablaran da elementos para confiar en un remozamiento del género, gracias a la riqueza de sus elementos y de sus personajes.
Las descripciones prolijas que conducen al lector de la mano por una de las calles principales de esta Bogotá amada y odiada, el acertado uso de la polifonía que logra que el autor cumpla a cabalidad la tarea de darle la palabra a distintos interlocutores para ponerlos a conversar libremente; los diálogos conmovedores plagados de recuerdos pero, ante todo, la precisión en la caracterización de los personajes, nos permite pensar que la novela urbana ha vuelto por sus fueros.
Me detengo especialmente en dos elementos de Si las paredes hablaran: De una parte, la utilización de la polifonía, de otra, la riqueza en la invención de los personajes. El primero de dichos elementos no es una nueva experiencia para Javier. En La mujer de los condenados lo vimos meterse en el intrincado proceso de asumir la piel, los huesos y las vísceras de una prostituta que tenía como aciaga misión brindar los últimos momentos de amor a hombres condenados a muerte. En esta segunda oportunidad lo vemos pasearse campante entre la primera y la tercera persona femenina y masculina obligando al lector a permanecer atento para evitar perderse en esa red de voces narrativas tejida con el propósito de mostrar lo que piensa, lo que siente y lo que vive cada uno de los personajes. Con este estilo sin duda, Javier subvierte —un verbo que él sabe conjugar muy bien— los cánones de la novela tradicional.
Del segundo elemento me seduce en particular la protagonista Amaranta, personaje designado con un nombre de gran peso para la narrativa colombiana, mujer gris, decadente, de apariencia insípida que alguna vez fue hermosa y que en soberbia metáfora se compara con el edificio López Santamaría, en franco deterioro y a punto de ser demolido. La Amaranta siempre virgen, siempre solidaria, siempre solitaria, deseada pero impertérrita ante el deseo carnal de tantos otros.
Continúo con Octavio, otro solitario que busca refugio en Pamela, una mujer complaciente y derrotada; con el viudo Ulloa y su hijo Ignacio, hombres íntegros venidos de “tierra caliente”; con Bernardina de López Santamaría, quien a pesar de las miserias a las que queda expuesta en su viudez, aún conserva la dignidad en la frente y en el bastón y con Alberto Ruiz, burócrata que como tantos otros de su especie, termina cediendo a la tentación del acto corrupto. Algunos de ellos encarnan la incertidumbre y la crisis de identidad del inmigrante, otros las trasgresiones propias de la crisis de valores contemporánea y otros tantos develan a través de sus diálogos una herencia de aplastante solemnidad y anacronismo.
Mirada desde una perspectiva más amplia, Si las paredes hablaran es un retrato de la ciudad fragmentada, que ve en la decadencia de sus construcciones el desmoronamiento de una tardía modernidad mancillada con estiércol de palomas, para da paso a los retazos de una posmodernidad de conjuntos cerrados, centros comerciales y parques con nombres rimbombantes. Con todos estos elementos enriquecedores podemos afirmar entonces que Javier Correa no necesita entrar con honores por la puerta que dejó abierta Rafael Chaparro sino que logra sin dificultad atravesar por unas paredes que tienen mucho de qué hablar.
Uno de los recuerdos más nítidos que tengo de la niñez vivida en la década de los 60 es la imagen que día tras día se veía desde los pequeños ventanales del apartamento en el que habitaba con mi familia. Una tienda, un poste de la luz, un edificio antiguo de cinco pisos con portón negro, una calle gris y docenas de transeúntes vestidos de oficinista. Crecí con la idea de que esa era una imagen compartida por la mayoría de niños de mi generación, pero al llegar a la adolescencia entendí de sopetón que mis amigos abrigaban otros recuerdos. Al relatar su etapa infantil hablaban de animales mitológicos llamados vacas y chivos que rodeaban sus casas, y no de gozques famélicos que lamían botellas de leche vacías, de árboles frutales y no de postes, de establos y no de tiendas. Cuando comencé a oír esos relatos entendí por fin que yo era un bicho netamente urbano que amaba el parque de La Independencia en donde aprendí a dar mis primeros pasos, que añoraba los paseos al Ley de la calle 24 a comer helado de máquina y que, de no ser por el álbum de chocolatinas Jet, jamás habría conocido las ovejas.
Las primeras novelas que leí en el colegio, allá por los 70, me hablaban de ríos, de capataces, de caballos, de manigua y de llanos, relatos que por supuesto, le parecían a mi mente asfaltada, ciencia ficción de la más pura. Entre ese boom de lo costumbrista colombiano que por esa época se vivía en el colegio y ese boom del realismo mágico que hervía entre los escritores nacionales, lo urbano seguía en segundo plano, a pesar de los buenos oficios de Andrés Caicedo, Luis Fayad, Nicolás Suescún, Fanny Buitrago, Laura Restrepo, Antonio Caballero y Roberto Burgos Cantor entre otros, quienes desde sus relatos seguían empeñados en demostrar que no todo era verdor, magia y guaduales.
Definitivamente lo urbano comenzó a pisar fuerte con ese viaje de opio rumbo a las nubes al que nos condujo Rafael Chaparro Madiedo allá por los ochenta. Él fue quien abrió la puerta por la cual algunos entraron con todos los honores mientras otros, en un acto de abuso sin límites, se colaron. Hablamos de Giraldo Magil, de Moreno Durán, de Collazos, de Vallejo, de Franco, de Potdevin, de Sánchez Baute, de Ramos, de Mendoza, de Gamboa… ya juzgarán ustedes quien se coló y quien entró con todo su derecho.
Con este despliegue de obras de todo tipo, los amantes de lo urbano nos lanzamos ávidos a devorar calles, edificios y avenidas, miserias, inmigrantes, tugurios y soledades. Algunos a devorar hasta el hartazgo, un hartazgo que condujo a muchos de nuevo a renegar de lo urbano y buscar la magia del realismo o el realismo de lo mágico.
En ese punto y hora encontramos a Si las paredes hablaran de Javier Correa, Premio Novela breve 2006, 25 años del Taller de Escritores, otorgado por la Universidad Central de Bogotá. Javier, cuya escritura fue descrita por Edgardo Lois, en el periódico digital Desde Boedo, (publicado desde Argentina) como “una escritura precisa, calma; la escritura de un escritor que sabe de contar historias, un escritor con pulso y dominio de la herramienta”.
En Si las paredes hablaran, Javier nos sorprende gratamente con su incursión en la literatura urbana, luego de su anterior novela La mujer de los condenados, que transcurre en un ambiente rural en el que afloran las heridas mal curadas de la Violencia con mayúscula de los 50. Y digo que nos sorprende gratamente, no solo por el giro geográfico, sino porque Si las paredes hablaran da elementos para confiar en un remozamiento del género, gracias a la riqueza de sus elementos y de sus personajes.
Las descripciones prolijas que conducen al lector de la mano por una de las calles principales de esta Bogotá amada y odiada, el acertado uso de la polifonía que logra que el autor cumpla a cabalidad la tarea de darle la palabra a distintos interlocutores para ponerlos a conversar libremente; los diálogos conmovedores plagados de recuerdos pero, ante todo, la precisión en la caracterización de los personajes, nos permite pensar que la novela urbana ha vuelto por sus fueros.
Me detengo especialmente en dos elementos de Si las paredes hablaran: De una parte, la utilización de la polifonía, de otra, la riqueza en la invención de los personajes. El primero de dichos elementos no es una nueva experiencia para Javier. En La mujer de los condenados lo vimos meterse en el intrincado proceso de asumir la piel, los huesos y las vísceras de una prostituta que tenía como aciaga misión brindar los últimos momentos de amor a hombres condenados a muerte. En esta segunda oportunidad lo vemos pasearse campante entre la primera y la tercera persona femenina y masculina obligando al lector a permanecer atento para evitar perderse en esa red de voces narrativas tejida con el propósito de mostrar lo que piensa, lo que siente y lo que vive cada uno de los personajes. Con este estilo sin duda, Javier subvierte —un verbo que él sabe conjugar muy bien— los cánones de la novela tradicional.
Del segundo elemento me seduce en particular la protagonista Amaranta, personaje designado con un nombre de gran peso para la narrativa colombiana, mujer gris, decadente, de apariencia insípida que alguna vez fue hermosa y que en soberbia metáfora se compara con el edificio López Santamaría, en franco deterioro y a punto de ser demolido. La Amaranta siempre virgen, siempre solidaria, siempre solitaria, deseada pero impertérrita ante el deseo carnal de tantos otros.
Continúo con Octavio, otro solitario que busca refugio en Pamela, una mujer complaciente y derrotada; con el viudo Ulloa y su hijo Ignacio, hombres íntegros venidos de “tierra caliente”; con Bernardina de López Santamaría, quien a pesar de las miserias a las que queda expuesta en su viudez, aún conserva la dignidad en la frente y en el bastón y con Alberto Ruiz, burócrata que como tantos otros de su especie, termina cediendo a la tentación del acto corrupto. Algunos de ellos encarnan la incertidumbre y la crisis de identidad del inmigrante, otros las trasgresiones propias de la crisis de valores contemporánea y otros tantos develan a través de sus diálogos una herencia de aplastante solemnidad y anacronismo.
Mirada desde una perspectiva más amplia, Si las paredes hablaran es un retrato de la ciudad fragmentada, que ve en la decadencia de sus construcciones el desmoronamiento de una tardía modernidad mancillada con estiércol de palomas, para da paso a los retazos de una posmodernidad de conjuntos cerrados, centros comerciales y parques con nombres rimbombantes. Con todos estos elementos enriquecedores podemos afirmar entonces que Javier Correa no necesita entrar con honores por la puerta que dejó abierta Rafael Chaparro sino que logra sin dificultad atravesar por unas paredes que tienen mucho de qué hablar.

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