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Saturday, October 21, 2006


Los reality show
CUANDO LA REALIDAD SUPERA LA REALIDAD

Por: Victoria Elena González M.


RESUMEN

El presente artículo busca hacer un análisis acerca del formato reality show como fenómeno mediático, a partir del estudio de sus principales características: sensación de inmediatez, sensación de realidad, perfil de los participantes, lo privado y lo público y el criterio de participación.

La frase más recurrente cuando se habla de la televisión es quizá la que pronunció alguna vez el pintor Andy Warhol: quien no haya aparecido en televisión por lo menos durante 15 minutos no existe. Pues bien, desde hace más o menos una década la lista interminable de seres “inexistentes” que día tras día se limitaban a sentarse frente a sus pantallas sin la remota esperanza de trasladarse frente a las cámaras ha venido desapareciendo. Y no por obra de una explosión repentina de talentos ni nada por el estilo, sino más bien, por una nueva concepción de los formatos televisivos que ha descubierto en la gente común un nuevo filón para producir altísimos índices de audiencia y por ende, jugosas ganancias.

Hablo de una década atrás cuando me refiero a los talk show, espacios que se consolidaron a finales de los 80[1] gracias a la confluencia de muchos factores entre los cuales cabe mencionar: la saturación del género de ficción por parte de las audiencias; las necesidad de las audiencias de encontrar referentes más próximos que los estereotipos propuestos por los dramatizados[2] y la crisis económica de los canales de televisión que vieron la posibilidad de hacer una revolución con una mínima inversión (un set permanente, un presentador agresivo, panelistas itinerantes y protagonistas que narran su historia sin salario y sin inhibiciones).
El talk show fue pensado para las horas de la tarde, con un perfil de audiencia conformado básicamente por personas con actividades en el hogar (amas de casa, pensionados etc). Llevó a la pantalla el testimonio de seres comunes en apariencia, pero con una “escabrosa” vida íntima que se reflejaba en sus prácticas rituales (miembros de sectas prohibidas), prácticas sexuales (preferencias consideradas inmorales), prácticas sociales (costumbres condenadas socialmente) o experiencias insólitas (por ejemplo, encuentros con seres de otros planetas)[3]. La novedad del formato consistía en convertir en entretenimiento la situación íntima y algunas veces dolorosa de una persona –con la anuencia de esa persona-- ante un grupo de asistentes a un estudio que, de acuerdo con el vaivén del programa, podían convertirse en consejeros, en psicoanalistas, en jueces, o incluso en agresores. ¿La compensación? para el testimoniante, hacer catarsis, pero más que eso, convertirse en estrella con el consabido tratamiento que ello implica e incluso vivir la sensación de que al contar una revelación de este tipo se logra un efecto reparador inmediato[4]. Para quien lo escucha poder satisfacer la perversidad vouyerista y de este modo poder escarbar en las vidas ajenas y conflictos reales sin ninguna culpa y sin sanciones legales.
El papel de los conductores del programa en este trance se limitó en algunos casos a servir de asépticos mediadores que no están “de parte de Dios ni de parte del diablo”; en otros, a fungir de “animadores” que impiden que el programa pierda interés hurgando el lado más oscuro del suceso con preguntas punzantes para poder llevar tanto al público como al protagonista de turno al más alto nivel de paroxismo. Justo cuando se logra este climax, el papel del presentador cambia y se torna conciliador y solidario, en el caso de que el narrador pierda el control[5].
Entre tanto, los cortes comerciales sirven para mantener el suspenso, ya que por lo general se programan como preámbulo de una revelación cada vez más íntima.
A pesar de tener como nicho la televisión, un medio cuya fortaleza radica en lo visual, el talk show se limitó a manejar planos tradicionales sin hacer gala de los artificios que brinda la imagen. Por el contrario, puso todo su empeño en el componente oral porque es éste el que permite a las audiencias tener la sensación de que están estableciendo una comunicación interpersonal con el testimoniante y gracias a ello, otorgarle mayor credibilidad a sus palabras[6].
A diferencia de los años setenta en donde los emporios televisivos vendieron productos terminados (series policiacas, comedias, series familiares) el talk show comenzó a venderse como idea. Esto permitió que cada país hiciera sus versiones “criollas” en las cuales se explotaron los prejuicios propios de cada sociedad. Por supuesto, esto no fue impedimento para que se mantuvieran al aire los talk show precursores o para que se diera el intercambio de espacios de este tipo entre los países[7].

Otros formatos

El formato talk show ha ido perdiendo terreno para dar paso a nuevas opciones que sin embargo han mantenido un elemento fundamental: consolidar al ciudadano corriente como protagonista del espacio.
Se puede hablar aquí del surgimiento del reality-show, definido por los expertos no como un nuevo género televisivo sino más bien como una amalgama de géneros que en su interacción han constituido un formato particular[8].
El precursor de este tipo de programas es Gran hermano[9] surgido en 1999 en Alemania. A partir de entonces cientos de espacios del mismo corte comienzan a aparecer en las televisiones del mundo entero.
A pesar de las diferencias en la construcción de los espacios permanecen unas características particulares que analizaré a continuación:

1. Sensación de inmediatez

De acuerdo con los planteamientos de Gilles Lipovetsky la televisión actual está inmersa en una especie de “embriaguez del directo” es decir una multiplicación de imágenes “en tiempo real y continuo” Lipovetsky(1994) que busca inculcar en los televidentes la sensación de ubicuidad, es decir, de estar presente de forma permanente en todo lo que pasa en el mundo al mismo tiempo[10]. El reality está concebido para mostrar de forma permanente cada uno de los momentos que se viven en el escenario elegido para su desarrollo. Dado que el tiempo de presentación al aire es limitado, muchas veces las programadoras buscan un canal alternativo que durante 24 horas muestre las vidas de los participantes sin importar lo cotidianas o domésticas que resulten sus acciones[11].

2. La sensación de realidad

Reality significa realidad. De hecho, esta característica es quizá la que más se promueve como “gancho” para acercar al televidente a este tipo de espacios. Se trata de ver protagonistas de carne y hueso, situaciones verdaderas, pasiones reales y conflictos auténticos que se viven en directo. Sin embargo, sobre este particular concepto de realidad caben varias dudas. Por ejemplo, la concepción misma del espacio en el que se desarrollan estos programas. Es el caso de “la casa estudio de protagonistas de novela” o “la casita de las Pop Start”, pensadas como una academia—dormitorio—restaurante—lugar de diversiones aislada de todo contacto con el exterior que se ve más bien como un laboratorio en donde un grupo de conejillos de indias son observados permanentemente y puestos en condiciones propicias para que sus actuaciones tomen unos giros particulares, los giros que necesita el programa para mantener a la expectativa a las audiencias. Aislamiento, caracteres opuestos, competencia por un premio, convivencia con extraños, enfrentamientos públicos, exigencia de poner en entredicho a los contrincantes, hacen que las actuaciones de los participantes disten de lo que podrían ser en la “realidad”.

3. El perfil de los participantes

Como lo mencioné anteriormente, para el reality es fundamental la participación de “ciudadanos de a pie”. Esto busca mostrar tres aspectos fundamentales. Por una parte plantear una especie de democratización que permite la entrada de cualquier
persona en un ámbito anteriormente vedado para una población “selecta”. Es el caso de los realitys orientados a dar a conocer talentos ocultos. En ellos se hacen convocatorias públicas para quienes poseen talentos especiales pero no cuentan con “palancas” para darlos a conocer.
Sin embargo, la elección de los participantes no siempre responde al “espíritu democrático” que se plantea. Sin duda las concepciones estéticas que imperan en los medios tienen gran peso a la hora de decidir un ganador, al margen de que sea el más talentoso o el más creativo.
Cuando se trata de otro tipo de realitys en los cuales se plantean la convivencia y la superación de pruebas como únicos requisito para ganar, la elección de los participantes tampoco es tan “democrática”. Más bien depende de las características personales físicas y principalmente emocionales que el espacio necesite. Para el casting es importante encontrar personalidades opuestas, profesiones y niveles sociales diferentes (aunque la mayoría de los participantes pertenecen a las clases medias y medias bajas urbanas) y, sobre todo, concepciones morales y religiosas disímiles. De este modo se garantiza que haya una pugna constante que alimente el morbo de los televidentes. En algunos casos particulares como The Bacheloret[12] que en Colombia se presentó como “El mejor partido” las elegidas para participar no tenían diferencias sustanciales entre ellas, eran físicamente atractivas sin ser excepcionales, con una educación promedio y y una clase social media-media alta. Aquí los productores contaron con que el hecho de ser mujeres en competencia por un hombre guapo y aparentemente adinerado permitan que aflore al tope el instinto de competencia femenino.

El segundo aspecto que se plantea en cuanto al perfil de los participantes es la el que atañe a la construcción de discursos que promueven desde la ejemplificación mediante testimonios, comportamientos dignos de imitar en la sociedad de la que se hace parte, para de esta manera mostrar al espectador cuáles son las normas que debe seguir. Como ejemplo de ello podemos mencionar la visita que realizó el presidente Uribe al set de Gran Hermano para solicitar a los participantes la promoción del referendo[13].

Conectado a este segundo aspecto, se encuentra lo que algunos expertos han dado en llamar la “autobiografía universal” es decir, identificar a una sociedad a partir de un grupo de individuos de esta, algo que se realiza mediante estrategias de ocultación de los mecanismos de producción, de mediación y de manipulación[14]. Quienes participan en estos espacios se presentan como “un país en miniatura”, un “botón de la muestra”. Si por casualidad el jugador que resulta ganador no cumple las expectativas morales de las audiencias, de inmediato se plantea como un fiel reflejo de la “pérdida de valores” que vive el país. En el caso contrario, si gana el mejor, se muestra como un ejemplo de cuán valiosa es la gente de Colombia y cuan probable que esa gente saque adelante al país con ejemplos como este. Esto último se da quizá por una carencia de figuras representativas en un país, que hace que el público convierta en héroes a estas efímeras figuras.

4. Lo privado y lo público

Así como la modernidad marcó una clara distinción entre lo privado y lo público en nuestra época está marcada por una ambigüedad entre los dos términos.
En los realitys desde la perspectiva en un espacio mínimo y aislado en donde la convivencia es estrecha, la privacidad es prácticamente una utopía. La presencia del ojo vigilante de la cámara impide ocultar la desnudez, la desazón, el comentario inoportuno, el desgano, la incorrección al comer, los deseos carnales y hasta los fisiológicos[15].
La misma temática de algunos de los realitys conlleva necesariamente que la intimidad quede expuesta. En algunos está planteado de manera explícita como es el caso de los espacios pensados para conseguir esposa o esposo. Por obvias razones a lo largo de su desarrollo deberán aflorar sentimientos íntimos, confesiones, pasiones y decepciones. En otros no está planteado de manera tan clara pero de igual manera la intimidad aflora. Como ejemplo tenemos el reality “Tu casa, mi casa” en el cual dos parejas de vecinos intercambian su casa durante 48 horas –la casa, que es el espacio más privado de cualquier sujeto-- para transformar una habitación de la vivienda de acuerdo con el gusto de cada cual.

Hay pérdida de la intimidad más explícita aún en los programas diseñados para que los participantes muestren su peores defectos físicos y convenzan a los jurados de que son los más indicados para obtener el premio: una cirugía plástica reconstructiva que les cambiará la vida, como es el caso de Cambio extremo.

La exposición extrema de la intimidad pone al concursante a expensas del impacto que su confesión causa en los televidentes. Es el caso de una concursante de Gran Hermano versión Colombia quien en busca de el apoyo del público en el momento de la votación para elegir quién debía permanecer en la casa, confesó su pasado de prostitución, drogadicción y abusos sexuales ante las cámaras de televisión. Igualmente, vale mencionar el caso de una pareja de concursantes quienes hicieron evidentes momentos de intimidad, situación que se aprovechó en el espacio posteriormente para generar expectativas en torno a un supuesto embarazo de la participante.
Por parte de los productores de estos programa se explicita la intencionalidad de quebrar el ámbito privado de los participantes[16] volviendo esta acción sistemática y como un recurso que da legitimidad a cuanto se da a conocer en el programa.
La justificación de esta exposición de lo privado parte para los productores del hecho de que son los participantes quienes permiten e incluso disfrutan de la invasión a su privacidad[17]. La relación se plantea entonces casi de una forma simbiótica; por una parte el exhibicionista (concursante) que goza exponiéndose y el voyeur (televidente) que goza viendo la exhibición.

5. El criterio de participación
En un momento histórico en el cual los espacios de participación son cada vez menores, el reality le vende a sus audiencias las idea de poder participar y decidir el destino de los concursantes. Para este fin los invita a utilizar los medios que están a su alcance, Internet, teléfono celular o línea fija, para manifestar su amores o su odios. Las audiencias sienten el poder de decisión que les ha sido negado desde siempre. Cuando se trata de espacios que fomentan el lanzamiento de nuevas estrellas de la actuación o el canto, el poder se acentúa más. Esto porque se le crea la sensación de que tiene el suficiente criterio para decidir sobre un tema digno de “especialistas”. La participación no solo se da por el envío de un voto o de un mensaje de texto. Socialmente, el hecho de estar enterado de lo pormenores diarios del reality de turno le permite a una persona compartir espacios con sus amigos en los cuales encuentran motivos de conversación a partir de “el último amenazado”, “la prueba de supervivencia”, e incluso simpatías o antipatías comunes con respecto a tal o cual participante.
Ante las inmensas filas de potenciales participantes que se forman frente a las programadoras gracias el anuncio de un nuevo reality existen comentarios recurrentes. Uno de ellos es que éstas reflejan la situación de un país que cada día brinda menos oportunidades a sus ciudadanos y, por tanto, estos recurren a cualquier cosa, aún a exponerse al ridículo en un espacio de televisión. Pues bien, el análisis debe ir más allá de esta reflexión. No sólo se trata de la búsqueda de una oportunidad por parte del ciudadano común, sino más bien de otras búsquedas: la expectativa de obtener un premio sin mucho esfuerzo (tal como lo anhelan los compradores compulsivos de lotería), la oportunidad de lograr un sueño en pocas semanas, por ejemplo protagonizar una telenovela luego de tener un mínimo “entrenamiento”; la posibilidad de encontrar una oportunidad por carambola[18] o simplemente la satisfacción de permanecer en la mente de los televidentes durante un par de meses. Algunos también tienen sus anhelos muy personales como lograr la aceptación de sus familias después de haber luchado por defender sus preferencia sexuales o de haberse alejado de éstas por conflictos internos. El estrellato en este caso se convierte en una especie de halo mágico que borra las heridas, con mayor razón si el participante logra ganar.

Aunque a diario la crítica de televisión llene sus páginas para cuestionar al reality no se puede negar que se ha convertido en un fenómeno de masas. Sus productores han encontrado en él una importante oportunidad de remozar la industria televisiva tan de capa caída en los últimos tiempos. Produce dinero, diversión fácil, no cuestiona, no obliga a pensar y llena espacios.
BIBLIOGRAFÍA
Lipovetsky, Gilles. El crepúsculo del deber. Colección Argumentos. Editorial Anagrama. Barcelona, 1994.

Monsiváis, Carlos. Aires de familia. Colección Argumentos. Editorial Anagrama. Barcelona, 2000.

Bourdieu, Pierre. Sobre la televisión. Colección Argumentos. Editorial Anagrama. Barcelona. 2003.
González Requena, Jesús. El discurso televisivo: espectáculo de la posmodernidad. Cátedra. Madrid, 1988.
García Canclini, Néstor. Culturas Híbridas. Estrategias para entrar y para salir de la modernidad. Grijalbo, México. 1989.
Valera S. Vidal, T. Privacidad y territorialidad. Psicología ambiental. Madrid, Alianza.
Rincón Omar. Realities, la narrativa social de la televisión. En Revista signo y pensamiento No 42. enero-- junio 2003.

[1] Los talk show realmente comienzan en los años 50 en los Estado Unidos como sesiones de magazines. Inicialmente se trataba de entrevistas en directo con celebridades que acosadas por las preguntas terminaban revelando secretos insospechados.

[2] Si bien las historias que se narran el los talk show no son cotidianas en absoluto, el grado de identificación del televidente se logra en la medida en que éste siente que quien está narrando la historia podría ser su vecino, un familiar o, porqué no, él mismo.

[3] Al respecto Carlos Monsivais explica en su libro Aires de Familia “la franqueza implacable se ha dado al amparo de una premisa posfreudiana: cualquier vida, la que sea, oculta misterios, y esos misterios, en tiempo de negociación voluntaria de la privacidad, ansían ser dichos en voz alta. Ya no es hora de ocultamientos” Monsivais (2000).

[4] Para Carlos Monsivais el eje de estos programas no son las situaciones extremas sino el reconocimiento de una nueva moral pública que, entre otras cosas, se imponen sobre la nueva práctica del los silencios que son autorreproches. Y ese derrumbe de inhibiciones cunde entre los hispanos de Estados Unidos, de alguna manera vanguardia del comportamiento en el universo latinoamericano.


[6] Frente a estos espacios el espectador raso se inmiscuye hasta tal punto en la historia que se apropia de la experiencia ajena olvidando que la narración televisiva descontextualiza los acontecimientos.
[7] Tal es el caso de ¨El show de Cristina¨, dirigido a la comunidad latinoamericana de Miami que tuvo difusión en todos los países hispanos o ¨Laura en América¨ producido en Perú que en Colombia se transmitió en diferentes horarios con índices significativos de sintonía.
[8] Este formato recoge elementos del melodrama, el programa de concurso y los géneros de ficción.
[9] En 1984, la novela de George Orwell , Winston Smith vive en una sociedad en donde la técnica está muy avanzada y cada ser humano está constantemente vigilado. No se trata de una novela futurista o de predicciones, sino de una antiutopía para poder desentrañar los regímenes totalitarios. El espacio Gran Hermano toma algunos elementos de esta famosa novela fundamentalmente la existencia de el ojo vigilante que está en cada rincón. En este caso se trata de la cámara. Igualmente la existencia de un confesionario que permite a los participantes exponer sus preocupaciones sin que sus compañeros los escuchen, paradógicamente ese lugar “intimo” es una cámara dirigida a los televidentes.

[10] Lipovetsky explica “en la hora de la hipermediatización lo esencial es producir el vértigo de ¨ver todo¨ lo más rápido posible como si se pudiera abolir la distancia entre los hechos y sus representaciones, como si bastara con acelerar el ritmo de la información para comprender mejor la historia que está a punto de hacerse. En adelante, la lógica de la comunicación impone su ley a la información, el imperativo es el efecto de contacto y de sobrepresencia, de hiperrealidad y de inmediatez”.
[11] En Gran hermano por ejemplo, a lo largo del día las escenas se limitaban a mostrar el desplazamiento de los participantes por todos los sitios de la casa realizando labores como lavarse los dientes, cortarse la uñas, barrer, dormir o preparar las comidas. Podría plantearse en este punto como hipótesis algo que ya se ha dicho en muchas oportunidades: el hecho de que la sociedad actual, ante la caída de los grandes relatos esté asistiendo al remozamiento de los relatos de la vida cotidiana.

[12] El espacio consiste en que un hombre debe elegir esposa entre 25 mujeres a las que “conoce” y con quienes “comparte” momentos individuales y colectivos en una isla. Poco a poco él va eliminando participantes hasta que encuentra “a la mujer de sus sueños”.
[13] En ese momento político del país los concursantes de gran hermano hacían parte de la cotidianidad de los hogares, y por tanto personas “como uno” con criterio “confiable”.

[14] Según Roberto Arnau Díez, esa “biografía universal” se constituye a partir de la recopilación de los diferentes fragmentos autobiográficos, solamente en su dimensión oral ya que cuando se ven sometidos a la mediación televisiva, mediante la intervención de la planificación y del conductor del programa se convierte en biografía en el sentido tradicional de la palabra, entendida esta como un discurso en el que no coinciden el sujeto de la narración, el autor y el yo, puesto que la televisión en cada programa construye un relato-icónico-verbal a partir del conjunto de narraciones de los participantes.
[15] Esa exposición es justamente uno de los atractivos más grandes de los realitys porque hace a sus protagonistas “más humanos” “más cercanos” a los ojos de las audiencias.

[16] La idea de una sociedad que renuncia a los espacios privados implica abandonar el cocepto de constitución social de la subjatividad.

[17] Según el modelo dialéctico de Irwin Altman, psicólogo social, una adecuada privacidad resulta del equilibrio entre el grado de privacidad deseado y el realmente obtenido, y estos dos aspectos son definidos por cada persona en cada situación concreta de interacción y regulados por múltiples mecanismos de carácter verbal, sociocultural y espacial.

[18] Es el caso de uno de los participantes de Expedición Robinson Colombia que terminó como actor de una telenovela aunque no había estudiado actuación. Igualmente otro de los concursantes fue elegido para presentar un programa de telvisión.

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